Testimonios de la cuarta Audiencia

Mariano Tripiana (hijo de Francisco Tripiana)

El testimonio comenzó con un relato muy sentido sobre su infancia, del dolor que sufrió por no poder ver a su padre y del calvario de su mamá.

Hizo hincapié en su niñez vivida sin afecto de su padrastro, lo que lo llevó a vivir prácticamente en la calle, ya que su madre, al tiempo de la desaparición de Francisco, hizo pareja con un ex militar que lo maltrataba. La familia, así conformada, se mudó a Venado Tuerto.

En el testimonio dejó constancia de que Gutiérrez (uno de los imputados) y ya detenido con arresto domiciliario, ha violado este beneficio, yendo a misa y dirigiendo una obra en construcción.

Nombró también a Enrique Luppi, agente de reunión del Batallón 601, que en el 1983 se afilió a la APDH quien asistía también a la casa de los abuelos Berón y en cierta ocasión fue a verlo al Banco Nación donde trabaja Mariano, para intimidarlo. Denuncia, entonces, al cura  Revérberi y también a Olivares, que están prófugos.

Ante la pregunta de si conocía a Pérez (imputado), responde: “Un día que estaba organizando el Barrio, aparecen Pérez con el hijo del juez Acosta para poner una alarma comunitaria”.

Con respecto a la búsqueda de restos humanos (de detenidos- desaparecidos) en la laguna del Diamante, declaró que fue Huajardo quien dijo que él había cavado los pozos para los cuerpos de Fagetti, Tripiana y Rosa Luna en ese lugar; que el soldado Humberto Villegas  dijo haber visto allí restos humanos, que luego no se encontraron (durante la intervención del Equipo argentino de Antropología forense, ordenada por el juez Puigdéngolas, en el año 2014).

A preguntas de la Fiscalía, responde que su padre no fue puesto en libertad sino que fue una desaparición forzada, en la que participaron Guevara y Trentini. Que estaba Juan Membrives y otros. Que cuando le dan la supuesta libertad a su padre, estaban Trentini y Guevara.

Reclama ante el pacto de silencio de los genocidas.

Cuenta que su papá militaba en Pueblo Diamante, enbarrio Quiroga y enla antigua calle Telles Meneses, actualmente un barrio, con Porras, Fagetti, Flores, en la JP, junto a Martínez Baca. Llevaban mercaderías y medicamentos, limpiaban acequias, arreglaban techos y buscaban concientizar a los vecinos con relación a la igualdad social.

Sergio Chaqui

Narra: “Me sacaron a punta de fusil el 29 de marzo de mi lugar de trabajo, Tribunales de la provincia;había pasado una hora desde que había entrado. En el operativo estaba Trentini” (imputado). Afirma que lo vio uniformado. que estaba uniformado. Ante las preguntas de la Fiscalía, responde que lo buscaron y, al presentarse, lo llevaron a los calabozos de abajo, caminando. Sostiene que lo vieron muchas personas, pero que nadie dijo nada.

“En ese lugar- continuó-,  me encontré con militantes de la JP, gremialistas y del barrio. Estaban Bracamonte, Chacón, Flores, Magallanes, Riera. En la otra celda estaban ‘los peligrosos’, según los policías: Porras, Dauverné, Roberto López y Barahona. También vi a Castro, Strojan, Quesada, Ortemberg y Olmedo. No estuve con Calíbar ni Massini. Nunca se presentó funcionario alguno y quien me interrogó fue Cuervo; me preguntó por Cerrutti de Mendoza. En cinco meses fue el único interrogatorio. Nos ‘bailaban’ todas las noches y no nos dejaban dormir. Nuca supe porqué me detuvieron. Quienes nos perseguían y nos‘bailaban’ eran: Alonso, Ruiz Sope, Mússere, Suárez, López, Leguizamón, Trentini, Labarta, Guevara, Fierro, y Rojas de Bomberos”.

Mencionó, entre las mujeres detenidas, a Esther Dauverné, su esposa (Marta Agazzini) y Yaya Cosarinsky. Pasaron por allí De Miguel y Martínez Baca. Reveló que comenzaba a iniciarse en el peronismo, en el espacio de Massini y que su esposa no era militante. “No me torturaron físicamente hasta julio. A Castro le hacían el submarino. Nos recordaban permanentemente que ellos eran dueños de nuestras vidas”.

Estaban custodiados por fuerzas conjuntas: policía provincial, Investigaciones, penitenciarios y Gendarmería. El Ejército supervisaba por medio de Suárez. “Los uniformes eran camuflados”, informó.

“Me preguntaron por Susana Sanz. Vi a Revérberi (se trata del cura Franco Revérberi) armado, cuando nos ‘bailaron’ una noche. Guevara estuvo hasta que lo reemplazó Alonso”.

Recuerda que Magallanes, gremialista de Malargüe, fue muy torturado y enfatiza: “Ratifico mi declaración anterior sobre el simulacro de fusilamiento. Fui el único empleado judicial detenido”. Para obtener posteriormente el certificado de libertad, fueron a la Municipalidad  y desde allí los  enviaron a la bodega Montilla(Garbín), donde fueron atendidos por Suárez quien firmó su libertad por “haber desaparecido las causas de su detención”.

Manifiesta: “Quedé cesante en la docencia y en Tribunales durante ocho años. Volví a la calle como vendedor. Me reintegraron en democracia. Llevaba cinco años de antigüedad”.

Sobre Domingo Bittar, le fue prohibido que lo visitara en su cautiverio, aunque Bittar se salvó por su relación con Tamer Yapur.

Finalmente, testifica: “No presenté hábeas corpus. Solo venían para traer comida. Una vez trajeron a mi mujer con el bebé, como parte de la metodología represiva. Para ir al baño, pasábamos por el patio a la vista de todos, inclusive del juez. Cuando me dieron la libertad, escuché comentarios de que el juez había preguntado por mí”.

Martha Susana Agazzini de Chaqui

Inicia su testimonio, diciendo: “Fui detenida el 29 de marzo del ‘76,  a mediodía. Salí de la escuela a buscar mis cuatro nenas y llegó un patrullero. Les pedí por favor ir a mi casa a buscar ropa y remedios para mis nenas. Ya mi casa estaba allanada por militares, Guevara y Suárez. De ahí, me llevan a Tribunales, personal policial y Músere. No los conocía de antes. Estuve 3 semanas en Tribunales y una en la cárcel. Sabía que mi esposo estaba detenido en Tribunales, nunca supe por qué me detuvieron y tampoco lo pensé”.

Comentó que el trato recibido fue “respetuoso” en lo referente a lo físico y que había dos mujeres más, a las que luego se llevaron, aunque más tarde trajeron a las señoras de Riera y Bracamonte, y Rosa:“Nadie sabía por qué estábamos ahí”; estuvieron custodiadas por mujeres.

Vieron y escucharon las torturas a los hombres, confirma, y menciona a Labarta, quien estaba siempre de civil. La indagaron únicamente sobre quién iba a su casa.

Junto a ella, en la cárcel, donde“llegamos muy mal”, estaban Epifanía, Ester, la señora de Osorio y Yaya Cosarinsky. La testigo necesitó atención médica y decidió no aceptar visitas familiares.

Finalmente, con respecto a la finalización del cautiverio, fue Múserequien la llevó hasta la Municipalidad, donde le dieron el certificado de libertad y la dejaron en la casa de su suegra.

“La vuelta a la normalidad fue muy dura –recordó-, mi hija no me hablaba, la casa estaba revuelta, el registro de la cloaca abierto, faltaban cosas. Volver al barrio, a la sociedad y enfrentarlos, con mi marido preso fue difícil. La directora de mi escuela no sabía nada, mis compañeras estaban distantes. El mayor Suárez habló con la inspectora y me reintegraron al grado. Llevaba comida y medicamentos a mi marido pero solo una vez lo puede ver. La gente no se involucraba para ayudar. Con mi marido, solo al tiempo pudimos hablar del tema; salió muy mal y aún no está bien. Pedí por la libertad de mi marido y me dijeron que habían desaparecido las causas de la detención a pesar de que era ‘potencialmente peligroso’”.

Ante la pregunta de la Querella, responde que en la cárcel no fueron registradas. Que estaban solas y que no les daban ni alimento ni colchones ni mantas. Que el juez Domingo Mauricio jamás se interesó. No recuerda el apellido de Rosa con quien compartió cautiverio y “no firmé nada cuando me liberaron el 30 de abril”.

Epifanía Romero de Bracamonte

El día 14 de abril, regresando de ir a pagar facturas de la luz, en su casa estaba todo revuelto y Daniel López la llevó afuera con su hijo, donde la subieron a un auto, mientras su hijo quedaba solo en la vereda.

“Me llevaron atrás de la Escuela Normal, por la calle Masa. Me dijeron que estaba incomunicada. Me llevaron a algo que parecía un gallinero y ahí estaba María Esther que estaba embarazada, en un colchón. Había una pizarra con fotos de Norma Arrostito y otros, y me preguntaban si los conocía. Me preguntaban por el ERP. Estuve en Infantería con custodia de policías y militares. De ahí me mandan a Tribunales donde veo a 5 o 6 mujeres: Chaqui, Osorio, Rosa. Veo a hombre en la otra celda López, Martínez Baca y Chaqui. Ahí vi a mi marido que se presentó voluntariamente para que a mí me dejar ir”.

Recuerda claramente al mayor Suárez y describe que no las sacaban al patio, aunque les permitían tejidos, cigarrillos y libros. Durante el cautiverio,  oían portazos, golpes y gritos de mujeres. Pasados A seis días fue trasladada a la cárcel, donde la requisaron y aislaron.“En la celda nos rompían las pocas pertenencias”, declaró.

La Fiscalía pregunta y la testigo responde que  Marta Chaqui, cierta vez, lloraba desconsolada porque se había enterado de que iban a enviar a una de sus hijas a Córdoba. Mússere se presentó, advertido del escándalo, por lo que fueron llevadas al Comando, en vehículo cerrado. En ese traslado también iban Magallanes y Riera. En la Municipalidad fue interrogada, con ostentación de un arma:“Me preguntaron si mi marido había llevado un  paquete para alguien, y (me pidieron) que firmara la declaración para implicarlo. No firmé. (…) Salí sin papeles ni explicación alguna”.

Para sostenerse económicamente, se dedicó a trabajar en casas de familia“para mantener a mi gente”, declaró. Y agregó: “A mi niña la castigaban por no integrarse en la escuela”.

Recuerda haber visto, en el mes de setiembre, a José Guillermo Berón, esposado, siendo trasladado por dos personas de verde, en un furgón. Supo, también, que “en la bodega Garbín obligaron a Yaya Cosarinsky a nadar desnuda para su solaz”.

Su marido estuvo hasta marzo de1977 en Unidad 9 de La Plata, donde fue a visitarlo dos veces. “Yo nunca tuve militancia partidaria –afirma–. No recibí certificado de la Penitenciaría”.

Amalia de Magallanes (esposa de Hugo Magallanes)

Ante la pregunta inicial del Fiscal, la señora relata que se encontraba con sus niños el 28 de marzo de 1976, en su casa y, a patadas, entró un conocido(el comisario Ciro Maza, de la 34 de Malargüe), y tres policías más. Siendo su esposo chofer en la CONEA, como era sábado, no se hallaba en su hogar.

Relata que “dieron vuelta todo buscando armas”. Al maridolo esperaron y lo detuvieron el lunes siguiente, cuando regresaba con el ingeniero, aunque por  la tarde lo dejaron en libertad, razón por la cual ella viajó a San Rafael. Pero  el 10 de abril, Gendarmería lo volvió a detener en la puerta de su casa. Fue trasladado al Correo.

Rememora que al acercarse al camión, su marido le dijo: “Vuelva a casa a cuidar a los chicos, yo no sé si vuelvo”.

Estuvo detenido durante una semana en la Departamental y de allí fue trasladado a Caballería (o caballerizas). Ante la pregunta de la defensa acerca de en qué lugar estaban las caballerizas, responde: “En Infantería”, pero no recuerda el barrio.

Allí ve a Esther de Riera, en cierta oportunidad, embarazada y con un niño pequeño, quien le pidió que se lo entregara a su hermano. No les fue permitido, por lo que testigo busca, entonces, al hermano de Esther. Agrega que el señor Dauverné se infartó por el frío, la nieve y la manguera con agua helada en el patio.

La testigo describe cómo Suárez le pateaba la cabeza a su marido, “dejándolo tirado para que se muera”. A su esposo lo pudo ver de lejos, hasta el 30 de abril, día en que le comunicaron que estaba en libertad, por lo que fue trasladado al Correo, junto a la señora de Riera.

Regresaron a Malargüe y su esposo estaba muy depresivo, sin trabajo; debieron alquilar su propia casa para seguir viviendo y se mudaron a la casa de la hermana.

El coronel Suárez le sugirió una solución: que pidiera el reintegro en el trabajo al Capitán Bosa, cosa que Magallanes intentó, ante lo que Bosa dijo: “Estás perdiendo el tiempo, atorrante” y, al día siguiente, llegó la orden delmismo Bosa para detenerlo. La testigo habló con el comandante de Gendarmería, quien le dijo: “Traiga ropa porque lo mandan a Buenos Aires por orden de Bosa; quizás sea la última vez que lo vea”.

Su marido le dijo, al poder visitarlo, que pensaba tirarse del Unimog, porque no quería más torturas; la testigo decidió, entonces, ver a Suárez, en San Rafael. Tomó la precaución de dejar a los niños con su cuñada, porque pensó que no regresaría.

Recuerda que nevaba, que se habían acumulado unos cuarenta centímetros de nieve y con un R6 cuando salió a la madrugada ya que debía apurarse para lograr su cometido. A mediodía, ya en la Municipalidad de San Rafael, no fue recibida. De modo que cruzó la plaza porque en Aerolíneas estaba su sobrina, quien la ayudó, para regresar al municipio disfrazada con el uniforme de azafata. Entonces sí, en esas condiciones, fueron ambas recibidas por el Mayor Suárez y  le contamos lo que ocurría. Él les dijo: “Yo sólo puedo detener, salvar o matar”. Tomó el teléfono y dio la orden inmediata de dejar a Magallanes en libertad.  “Vayan tranquilas”, les dijo.

Lo liberaron a las seis de la mañana y ellas estaban ahí para recibirlo.

Seguía sin trabajo, por lo que decidieron mudarse al Barrio Unimev y tomaron un reparto de gas. Pero “Nuestra vida nunca fue lo mismo”, declara la testigo.  Ya en democracia, hizo una carta al presidente Alfonsín para que a su marido lo reintegraran al trabajo.

Hugo Magallanes murió en el año 2006.

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